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Canción de amor

<center>Canción de amor</center>


(Raúl Leiva)

Quisiera ser la muerte que buscabas

mi soñada enemiga;
quisiera ser la sombra que alimenta
tu corazón de lluvias y amapola,
tu conmovida risa bullanguera.

Quisiera ser tu muerte, la agonía
que lentamente sube por tus piernas,
tu vaso de ternura, rosa herida.

Quisiera detenerte, sorprendida,
en la orilla del sueño, en el deseo
que sostiene y alivia nuestro rumbo
de pájaros caídos en la nieve.

Quisiera ser la muerte, suave y pura,
que dilata tu sed y nos defiende
ante el horror del mundo, inmerecido.

Tengo tantos sentidos, tanta muerte
para quererte, cóncava, exaltada
mensajera del valle.

Tengo tantos crescendos angustiados
en que llego hasta lo último del ansia,
a la abierta ternura desolada.

Tengo muerte y amor,
sed que se vierte
en agonías lentas saturadas
por las horas de trágico abandono;
tengo sangre y deseos que ya mueren
por alcanzar la cima de tu entrega.

Déjame ser el río que te inunde
en satánico ritmo voluptuoso;
la corriente colmada que desborde

erigidas olas en tu carne
de lirio desmayado en el olvido.

Déjame contemplarte en esta noche
crucificada de ángeles desnudos;
acariciar tus hombros, ese rostro
donde duerme la luna,
tus revueltos cabellos, la caída
de tus ojos nostálgicos de cielo.

Déjame suspenderte, madurada
para la oscura muerte de mi sueño;
eterna y floreciente magia altiva
de esta noche terrestre, iluminada.

Déjame, así, a tu lado, ser la muerte
oscura, ciega muerte
que descubra tu nombre, el hondo origen
de tu sangre más intima, rebelde.

Déjame, en esta hora sin olvido,
socavar lo más pleno de la tierra
en que te eriges, tierna y melancólica.

Déjame, al fin, mi sueño, mi enemiga,
oh purísima forma, ala, latido,
como lava suicida, derramarme
en tu oscura bahía lentamente.

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Sólo queremos ser humanos

<center>Sólo queremos ser humanos</center>

(Otto René Castillo) 

Aquí no lloró nadie
Aquí solo queremos ser humanos
darle paisaje al ciego, sonatas a los sordos,
corazón al malvado, esqueleto al viento,
coágulos al hemofílico, y una patada patronal
y un recuerdo que nos llora el pecho.

Cuando se ha estado debajo de las sabanas viudas.
Cuando se ha visto transitar el hambre
en sentido contrario.
Cuando se ha temblado en el vientre de la madre,
sin conocer aun el aire, la luz,
el grito de la muerte.
Cuando eso nos sucede, no lloran los ojos
sino la sangre humana y lastimada.
Aquí no lloró nadie.

Aquí solo queremos ser humanos
recordarle la patria al desterrado
para verlo revolcarse en la nostalgia;
cargar un pan en una calle de hambrientos
para que se lancen a mordernos hasta el alma,
darle cara de gallina a la miseria
para que la pueda devorar el hambre,
darle sabor de trigo a la saliva sola
y espíritu de leche a la tormenta.

Cuando se ha nacido entre pañales rotos
y cuando se ha nacido sin pañales.
Cuando nos han limpiado pulcramente
el aparato digestivo.

Cuando se nos dice, comed,
comed vuestra miseria, desgraciados.
Cuando eso acontece,
no es llanto el que destilan las pupilas,
Es una simple costumbre de exprimir
los puños de los ojos y decir:
Aquí no lloró nadie, aquí solo queremos ser humanos:
Comer, reír, enamorarse, vivir,
Vivir la vida y no morirla.
Aquí no lloró nadie.

Fusiles y Muñecas

<center>Fusiles y Muñecas </center>

(Juan de Dios Peza)

Juan y Margot, dos ángeles hermanos
Que embellecen mi hogar con sus cariños
Se entretienen con juegos tan humanos
Que parecen personas desde niños.

Mientras Juan, de tres años, es soldado
Y monta en una caña endeble y hueca,
Besa Margot con labios de granado
Los labios de cartón de su muñeca.

Lucen los dos sus inocentes galas,
Y alegres sueñan en tan dulces lazos;
El, que cruza sereno entre las balas;
Ella, que arrulla un niño entre sus brazos.

Puesto al hombro el fusil de hoja de lata,
El kepis de papel sobre la frente,
Alienta el niño en su inocencia grata
El orgullo viril de ser valiente.

Quizá piensa, en sus juegos infantiles,
Que en este mundo que su afán recrea,
Son como el suyo todos los fusiles
Con que la torpe humanidad pelea.

Que pesan poco, que sin odios lucen,
Que es igual el más débil el más fuerte,
Y que, si se disparan, no producen
Humo, fragor, consternación y muerte.

¡Oh, misteriosa condición humana!
Siempre lo opuesto buscas en la tierra;
Ya delira Margot por ser anciana,
Y Juan, que vive en paz, ama la guerra.

Mirándoles jugar me aflijo y callo:
¿Cuál será sobre el mundo su fortuna?
Sueña el niño con armas y caballo,
La niña con velar junto a la cuna.

El uno corre de entusiasmo ciego,
La niña arrulla a su muñeca inerme,
Y mientas grita el uno: Fuego! fuego,
La otra murmura triste: Duerme, duerme.

A mi lado ante juegos tan extraños
Concha, la primogénita, me mira:
¡Es toda una persona de seis años
Que charla, que comenta y que suspira!

¿Por qué inclina su lánguida cabeza
Mientras deshoja inquieta algunas flores?
¿Será la que ha heredado mi tristeza?
¿Será la que comprende mis dolores?

Cuando me rindo del dolor al peso,
Cuando la negra duda me avasalla,
Se me cuelga del cuello, me da un beso,
Se le saltan las lágrimas y calla.

Sueltas sus trenzas claras y sedosas,
Y oprimiendo mi mano entre sus manos,
Parece que medita en muchas cosas
Al mirar cómo juegan sus hermanos.

Margot, que canta en madre transformada,
Y arrulla a un hijo que jamás se queja,
Ni tiene que llorar desengañada,
Ni el hijo crece, ni se vuelve vieja.

Y este guerrero audaz de tres abriles
Que ya se finge apuesto caballero,
No logra en sus campañas infantiles
Manchar con sangre y lágrimas su acero.

¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres!
Amo tus goces, busco tus cariños;
Cómo han de ser los sueños de los hombres,
Más dulces que los sueños de los niños!

¡Oh, mis hijos! No quiera la fortuna
Turbar jamás vuestra inocente calma,
No dejéis esa espada ni esa cuna:
¡Cuando son de verdad, matan el alma!

Deja de doler

<center>Deja de doler</center>

Deja de doler

a veces, tú lo sabes.


Deja de doler el frío entre las uñas

el viento rancio

el gesto roto de los rostros acusados.


A veces, deja de doler con una risa

con un aroma que saluda si estás solo

con un recuerdo que renace en la mirada.


A veces, deja de doler, quizás un poco


El perro viejo, el ave enferma

el gato muerto que gotea los tejados.



Y así, se fuma día a día entre las camas

o se inflan dos secretos en el pecho

o se visten las ideas con razones.



Y deja de doler acaso, el punto neutro

el niño herido,

el padre extraño que no sabe perdonarse.


O las manos que recorren río y árbol

y buscan tierra, o una grieta en la memoria

y así dejan de cargar el mal pasado.



A veces, sólo a veces, deja de doler

pero otras tantas…



Duele incluso la vergüenza y la palabra

duele el ojo, duele el grito,

duele el alma…



Aunque más duele,
 

Que te sientan como extraña.

Que no me guarde la memoria

<center>Que no me guarde la memoria</center>

Yo no quiero ser el final triste de algún cuento.

Me rehúso a que me guarden entre hojas,

Y me sellen del pasado en el recuerdo.



Yo no quiero ser otra mujer de esas que viven

O eternizan en las manos del poeta…

Que las hace tan perfectas a sus formas,

Aunque el alma sea a veces, tinta negra.



Yo prefiero ser tan solo, un viento leve

Que luchó por lo que quiso junto al miedo

Y ante el brazo del pintor que lo abandona,

De amor en llanto, fue muriendo y se hizo viejo.
 

Las orillas o el pasado

<center>Las orillas o el pasado</center>

Hoy que las gaviotas se han marchado,

en esta luz que las palabras ya no adorna...


¿Qué nos queda?


Ahora el vaso se deforma entre las bocas,

y la canción no rompe los cristales sobre el pecho.



Así, hoy como ayer todo transcurre

pero en la entrada los mensajes no son nuevos

y sobre el viento los colores son gastados.



¿Y qué nos queda?



Quizá, nos guarde la mentira de algún niño

entre los huecos de algún ojo enamorado…

quizá las piedras, los caminos, la hojarasca,

nos guarden algo de aquel tiempo que está echado.



Pero el hoy que en mis arterias se desgarra

tiene frío de mi cuerpo derramado,

tiene miedo de mirarme sin temores,

tiene angustia de gritar con voz en alto.



Así que hoy…

que tengo lágrimas desnudas en el sexo,

y tengo heridos los costados de la sombra…


Yo me sostengo las sonrisas con gemidos,

o me muerdo las orillas de otro labio.


O me desato los cabellos

sobre el nombre

y me disuelvo en la marea de otro barco…



Porque el hoy,

como el mañana… que es de nadie…

de mis manos querrá siempre ser pasado.
 

Aquellos días...

<center>Aquellos días...</center>

Aquel día dejé atrás
la calle adormecida,
el polvo añejo del anden
y las ventanas.

Las amigas
con zapatos de madera,
los caminos que arrastraban
cerro abajo.

Dejé el secreto
de los árboles de brujo,
el duende verde
que cuidaba algún tesoro.

El llanto claro
de la víbora amarrilla,
su aroma oscuro
entre las viñas y los frutos.

Aquel día dejé atrás
alguna tumba,
el recuerdo de un amigo
casi padre.

Y muchas tardes con el suelo
como abrigo,
o el vacío del que siente
abandonado.

Dejé una rata con su cola
larga y ágil,
que en los techos
hizo cuna a sus mestizos.

Que cambió mi mano
y mi cariño por ser libre,
o quizá, tan solo, fue el amor
que la condujo a ser distante.

Allá, a los lejos
cuando vuelvo la mirada,
aún siento el humo del comal
y las fogatas…

La leña erguida
que prepara alguna madre,
con la savia y las heridas
de su raza.

Veo a mi perro
desde antes compañero,
y su manía de brincar
sobre los sapos.

Y esa mirada que era brillo
de mis ojos,
cuando al dolor mi corazón
no razonaba.

Allá, a lo lejos
aún me roza en el recuerdo,
el cuerpo niño
que sufría, tras la culpa,
de los hombres que ultrajaban
sin ser hombres.

El sabor de aquella madre
siempre herida,
los hermanos con sus juegos
para “grandes”...

O el sonido de los brazos
de mi padre,
que se hacían tan distantes
y extranjeros.

Ahora, después de pasar
la lucha con sus años,
aún guardo mis respiros
a esa tierra.

Guardo un grito
hecho de barro y agua dulce,
del calor de aquella gente
tan humana.

Y me pregunto cuando vuelvo
la mirada,
con la rabia que se encaja
en mis pupilas:

¿Por qué tengo que dejar
lo que más amo?

¿Por qué tengo que ir dejando
atrás la vida?

Un nombre extraño

<center>Un nombre extraño</center>

Sigo buscando un nombre
en las columnas verde/azules,
que transitan
y repasan
la conciencia.

Un nombre ajeno
que me adopte como carne,
y que se rompa
de una vez
sobre esta imagen.

O que tenga acaso,
algo de magia en las ranuras,
y goce altivo
de sabor
dulce y amargo.

Uno que se olvide
por común o masticado,
y no este blanco
que huye al trueno
en mestizaje.

Sigo buscando ese nombre
o quizá,
sin que lo sepa,
tan solo un cuerpo
y una cara
que no esconda,
su dolor
entre lo oscuro
de la ceja.

O una historia
que me cuente diferente,
y tenga un punto
de partida
en otra tierra,
que proyecte mi camino
en los dobleces.

Sigo buscando un nombre,
una figura, algún bosquejo,
que me abrace a la sombra
que adormezco,
y me haga mujer
a sangre
de fusil y beso.

Pero que perdure
ante todo
mis cariños,
y deje al corazón,
este tan mío,
como virgen…

Y a ese hombre
que yo quiero…

…siempre adentro.
 

Puertas

<center>Puertas</center>

Alguien debiera un día,
enseñarme
a cerrar puertas.

Pero no a cerrarlas
como se cierra una mirada,
ni así, como se tapa
en el mañana
la herida que hace negra
la palabra.

A cerrarlas quizá,
como el siervo duerme el ojo
en un dejo de inocencia
y de perdones.

O como anida el monte
su entrepierna en la coraza,
y roba al muerto
el canto de alba entre las flores.

Alguien podría mostrarme
si supiera, la herramienta,
que case obtusa
en el ojal de la madera
.

Y haga del viento
un secreto que responde,
y no traspase del recuerdo
a los dolores.

Yo he aprendido
a cegar puertas paralelas
y a borrarles con cerrillos
las ventanas.

Pero es inútil que no pasen
los momentos,
que se adentran y se clavan
en el alma.

¿Será quizá,
que no he buscado la correcta?

Y en la fiera de mis huesos
que percuten,
aun palpita la esperanza
de hallar esa…

¿Que aun cerrada
no se niegue a ser abierta?

Ciudad

<center>Ciudad</center>

Recorrer la ciudad
es cosa antigua.

Pisar colmenas de excremento
en los jardines,
huir del hierro que amenaza
los dominios.

Es andar
con ignorancia en el escudo,
y creerse hijo
de la piel
en otra tierra.

Recorrer la ciudad
ahora,
es otra cosa.


Parecen nuevas
las esquinas que persigan,
o las manchas de carbón
en los recodos.

Ya los ojos del niño
no son agua indiferente,
son reflejo de la sangre
en los colchones,
y tienen brillo
de puñal que viola
el alma.

Y las letras
que resuenan discordantes,
no perfilan más
el rostro inculto
de una boca,
si se tornan
en leyendas milenarias
de las voces
que recogen el pasado.

Caminar ahora
la ciudad,
es algo nuevo.

Si uno empieza
a saberse
parte y grano,
de los hilos que han sembrado
su semblante…

Y se siente
más que extraño
un hijo amado.


A veces, por las noches...

<center>A veces, por las noches...</center>

Se acabó
la música para escribir los versos.

Solo queda el eco
de mi pluma tras la hoja,
que defiende su blanco
ante la sombra,
que le acosa.

El murmullo, en una gota
que cae silenciosa,
y resbalando se vierte
rostro seco,
amarillo y arado
en esta luz de esferas
y de rosas.

Y no, no hay notas
para trazar el tiempo…

Mientras me desgasto
y me descubro autista
atando lenguas,
que tejen soliloquios
en el infinito océano
que es el azul de mi cerebro.


Y me pregunto
si alguna vez,
haré de estas imágenes
los símbolos de un libro,
para que me entienda alguien,
más de lo que yo
me entiendo.
 

(...)


Las preguntas no encuentran
respuesta,
si mis ojos persisten
en volverse estrella
que derrama trazos de oro
en las paredes vacías
de mi inconciencia.

Quizás deba empezar
a callar mis voces,
para escuchar el letargo
indómito
que me ofrece
el silencio
que en la niebla espera.

Silencio que busco
y se me escapa
como aire que copula
en mi cabello
cuando lo quiebra.

Será que en esta hora, lejos lo encuentro…

Y en alguna nube formará otro cielo,
y a otros duendes les hilara cuentos…

Mas a mi,
me ha dejado como fruto seco,
equilibrando respiros
entre las ramas muertas
de un árbol viejo.

Escuchando la nada,
y devorando recuerdos,
hablando con el lápiz
que tatúa mi cuerpo.

Y es que, a estas horas…

…si me escucho atenta,
lo comprendo,
y sé
que aun con la edad encima
a veces, por las noches…

…sigo teniendo miedo.

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Ellos...

<center>Ellos...</center>

 Ellos también se van al cielo...

Respiran flores
en la aurora
y recuestan su nariz
entre luceros.

Riegan calma
sobre el mundo,
tienen alas en la punta
de los dedos.

Vuelan
y se tornan
una lágrima de estrella,
o una gota de ternura
que derrama trigo almendro.

Ellos también,
ellos también se van al cielo…

Adornan su pelaje
con sirenas
y de sus garras
mana el cielo
y los océanos.

Cantan a la noche
con secretos,
tienen flautas
en el hueso nacarado
de su pecho.

Rezan a la lluvia,
a los misterios
y en la nube virgen
hacen cuna a sus polluelos.

Ellos tienen un dios
que sabe a leche
y es de pelo,
que vuela o nada
si les pesa el largo cuerpo
que repta o anda,
si los ve sufrir de lejos.

Y les sopla las pupilas
dando amor en ese aliento,
que cierra el ojo
que flotó hacia el universo.

Ellos tienen
una casa en las alturas
que refleja el arcoiris
en su espejo.

Y una fuente de llanura
inagotable,
donde pastan sus espíritus
traviesos.

Yo sé,
me lo han dicho mientras duermo...

Los he visto
cuando marchan
galopando sobre el viento.

Ellos viven
cuando parten de su cuerpo
y su alma viaja
en mil carrozas hasta el seno
del calor que los espera
allá a lo lejos...

...con un beso.

La niña del palacio azul

<center>La niña del palacio azul</center>


La niña…
sentada, callada,
y absorta
lo ve desde lejos
a veces lo toca
le cuenta las líneas
y las paredes rotas.

Le besa el silencio
mordiendo las rocas
se abraza a su bosque
y se hunde en las hojas.

La niña lo piensa
y le sangran las horas
de los labios le arranca
madrugadas y auroras.

La niña lo quiere
La niña lo adora
La niña se muere
La niña lo llora

Sus puertas se abren
entre flores y aromas
con azules manzanas
que desgranan
palomas.

Las cortinas de humo
con orquídeas se adornan
y los mármoles fríos
con el sol se tornan
callados sonidos
en alas de amor.

Sus ventanas, zafiros
entre alegres rondas
de silvestres enanos
con hermosas Giocondas.

De los techos cobijo
un cristal escarlata
y del suelo le brotan
mil espinas de plata,
un geranio de oro
una nube de mar.

¡Oh lejano palacio!
¡Oh cercano martirio!

Te rodearon de dioses
te sembraron de lirios
te colgaron gladiolas
te forjaron idilios.



Te pusieron tan lejos
que sus pasos no alcanzan
y la niña te grita
y sus palabras se abrasan
entre calles perdidas
en burbujas de laca,
que le cierran el paso
que le enredan el alma.

Que la adhieren tan hondo
cómo luz a la nada
al oscuro fondo
de su cárcel cerrada…

A la huella vacía
de su historia sin ti.






Lejos...

<center>Lejos...</center>

Quién pudiera
romper del cielo
tanta anchura
o rasgar con una espina
el espesor
y que no crezca.

Quién pudiera
ser un icono frondoso,
que de un paso
traspasara los océanos,
en un surco
que delire
el ande espeso.

Quién pudiera
así sentir lo que yo siento,
maldita brisa
que me rompe a las tristezas,

y me ahoga
en la impotencia
en que florezco.

Dime tú,
que sabes verme
aun no tocando…

¿Donde engaño
estos brazos que se han muerto?

¿O quién recoge
de mis ojos
tanta sangre…?

Yo camino con la vista
siempre al frente…
mas no puedo
ver después de tu mirada.

Entonces, rompo
y me desgarro tantas veces,
que me sigo preguntando
como vicio en las palabras…

Quién pudiera amarte
como yo
así de fuerte,
aun estando tú tan lejos
de mi vientre...

Mientras siento
que a mi lado
está la muerte.

Siglos...

<center>Siglos...</center>

Despacio,
el tiempo asoma sus dedales
y nos palpa.

Cuenta esferas
que dormitan los minutos,
o recogen
con la patria
el sol campestre.

Y nosotros…
que somos eje entrecortado
de una tierra.

Y somos piezas
que se engranan
atrayentes.

Nos fundimos
en un halo que respira,
y se ensancha en mi garganta
con tu anhelo.

Y así, despacio…
nos hacemos de una vida
pecho a pecho,
con la frente
y con los puños
relucientes.

Y seguimos
el sendero que se marca,
en la piel
siempre sedienta
de algún roce,
cuando se unen
con tu cielo
mis nostalgias.

Así,

el tiempo sigue andando
en pies cansados…

Y nos ve
con el dolor en la pestaña,
por los días que pasaron
vacilantes,
si nacimos en un mundo
separado.

Y sonríe
por los años
que nos llegan,
confiado/alegre de los siglos
que nos faltan,
si se rompe la distancia
en nuestra mano.

De mi llanto tu tristeza

<center>De mi llanto tu tristeza

He de buscar
silente
tus palabras,
y migrar en cada tono
que florezca.

Virar acaso
tras la gota
o tras el viento,
inquieta esfinge
que respira
de tu pecho.

He de soñar
un péndulo brillante,
que palpite
paralelo a mis pulmones,
y haga prenda
de tu sangre y de mi sexo.

O un cortejo
en los acordes
que celebre,
el compás que fluye
de mi boca, dando brincos
y te inflama el corazón
si fluye intenso.

He de girar el camino
hacia el tobillo,
para hacer un dije
de la línea que te abraza;
y pender
de mis orejas
dos urgencias,
que susurren estallando
si es que faltas.

O quizás, he de cortar
con un poema
alguna métrica,
que marque el ritmo
con que clama,
tu ausencia…

Y rompa el frío
que separa de mi llanto
…tu tristeza.


A media voz

<center>A media voz</center>

A media voz
el verbo se dispara.

Se articulan vocablos
inconversos,
en la especie bipartita
de mis alas.

Una tiza de carbón
yace extraviada,
en el trono gris
con marca griega
de su tapa…

A lo lejos
un ritmo gregoriano
entra y cala,
el halo inquieto
de la lira tan mundana,
que deforma la palabra
y hace dúctil de su silaba
y su magia.

A media voz
el labio arquea,
la frontera curvilínea
de su huella, húmeda grieta
que recoge la memoria
y la condena.

A media voz
mi voz se pierde...

¿Quién la encuentra?
¿Quién la esconde?
¿Quién la miente?

A media luz
quizás se haga,
la voz bandera
que se eleve allá con saña,
hasta el hijo del profeta
en digna gracia,
que incendie al hombre
de clamor
en tanto grito
que se apaga.

A media voz, a media luz,
quizás en ambas…

El frío hace nido
de las letras y me llama,
a soñar con el siempre
o el mañana…

…que en el canto sea amor
y no desgracia.

Manos...

<center>Manos...</center>

Tengo polvo de zorzal en las heridas
y unas líneas que traspasan
la epidermis.

Tengo grietas
en la orilla de los dedos
y una historia que se esfuerza
por caer.

Un secreto
que se esconde
entre las huellas,
o da color a las violetas
de mi vena.

Tengo un ojo
o el corazón en la caricia,
que percute susurrando
mi conciencia.

Este sol tan arraigado
en los nudillos
hijo albino
de su engendro
pintoresco.

Y tengo un cuerpo…
infiltrado
a estas dos aves,
con su tinta que se adhiere
a las fisuras,
de mis manos
que se duelen tantas veces,
o se hacen largas
sobre el vino de algún trecho.

Tengo un arma,
una flecha
… o dos soldados…

Que se turnan uno a uno
las miradas,
y comulgan alta /entera
mi cabeza.

Tengo dos,
o tres…
quizás mil de ellas
que sostienen mi palabra
cuando arquea…

Y recogen mi silueta
si se quiebra.


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Dar la mano a la otra mano

<center>Dar la mano a la otra mano</center>

Es cuestión de caer,
y levantarse...

De acoplar al pecho
las espinas
que son viejas,
e intuir en los tropiezos
escalones.

De poner al labio
travesuras
y en la frente una luz
que resplandezca.

O de plegar la herida
a los costados
y hacer grullas de papel
sobre quimeras,
que redoblen con su pluma
el sentimiento.

Es cuestión, también
de ser inmune
a las miradas,
y a los dedos que fusilan
con su garra.


De cambiar el vidrio
a la ventana,
…y hacer lluvia
del cristal de los espejos.

O de asirse
a una fóvea entre las cejas, 
que reciba desafiante
los conjuros,
y verterlos como al río
la montaña,
diluyendo en la retina
su veneno.

O al final,
es cuestión de dar la mano
a la otra mano
y alzar el cuerpo
uno mismo aunque recaiga,
y no sepa
donde diablos está el suelo.

Momentos...

<center>Momentos...</center>

En momentos como este
quisiera ser aguja,
y derramar mis pies
sobre el reloj que nos aleja.

Mientras tanto,
atrapo una corchea en el silencio,
o arqueo mi cadera sobre el muslo
y te hago un hueco.

Momentos que debieran ser
un óleo antiguo en las murallas,
que pintara a la mujer
como costilla,
transversa gota que atraviesa
a quien la ama.

Instantes o murmullo,
tiempo en grava
que erosiona en mil reflejos;
Eje lineal cavando el halo
semiabierto,
del cuerpo que en la espera
se hace eterno.

Entonces, en momentos así,
como el de ahora,
en que el alba fina
de mi vientre,
sangra herida por la hoja
:

Yo me sostengo o me absorbo
en tu semilla
hombre,
y te aguardo como
eco en el oído,
mientras rezo
el crucifijo de tu nombre
...sobre el mío.

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